domingo, 25 de enero de 2015

Trabajar en el Rydges, volver a nacer.

Empiezo a trabajar en el Rydges hotel donde luego de probarme por dos semanas me dan un contrato y al fin el trabajo es mío. Tengo contrato y trabajo asegurado hasta el final de mi visa, y eso significa que ya no tengo que preocuparme más por tener una fuente de ingreso, pero al mismo tiempo quiere decir que me veo anclada a Christchurch hasta el final de mi estadía. Tengo sentimientos encontrados, pero más que nada, siento que tomé la decisión correcta.

Hoy, luego de 3 meses y medio de trabajo en este lugar, puedo decir que estoy feliz y más que agradecida de haber tomado esta oportunidad y de pertenecer a la cocina del Bloody Mary's.

¿De que trata mi trabajo?

Soy básicamente lavaplatos pero también ayudante de cocina, las tareas van desde -obviamente- lavar platos, a llenar botellas de jugo, preparar comida en bandejas para hornear, mantener la cocina limpia y ordenada, hasta cocinar alguna que otra vez unos rolls, unas pizas, unos muffins o unos sánguches.

Empiezo trabajando con Paula, una señora super simpática que me enseña todo y me presenta a los mil chefs cada vez que aparece uno nuevo. Los primeros días -o semanas mejor dicho- me parecen una locura, hay alrededor de 12 o 15 chefs (ni siquiera puedo contarlos) y me es imposible recordar el nombre de todos, pero de a poco los empiezo a conocer... y hoy, son casi como mis hermanos.

Trabajo a la mañana por lo que estamos encargadas del buffet del desayuno (típico desayuno continental de un hotel, versión 5 estrellas), por lo que lavamos los platos durante la mañana temprano y a las 10am cuando el buffet termina nos llenamos de fuentes, ollas, bandejas y demás para lavar, ¡una locura! Algunos días también hay buffet para el almuerzo por lo que los días se convierten en un real caos. Amo mi trabajo, pero es un trabajo duro y muy demandante. El hotel está siempre súper ocupado y el ritmo de trabajo es agotador, pero a no quejarse, que me encanta.


Hago algunas horas extras con Holly trabajando principalmente en el Horncastle arena (un pequeño estadio), o en el museo de aviación donde siempre hacen grandes cenas para al rededor de 300 personas.

A las dos semanas de estar trabajando, mi compañera -Paula- se cae y se fractura la cadera, por lo que no puede trabajar más. Paso una semana trabajando sola donde creo que voy a morir aplastada por una pila gigante de platos, pero a base de trabajo duro casi esclavo, ¡sobrevivo!
Pero también, como todo lo malo tiene algo de bueno... el favorito de todos, ¡comida gratis!



La semana siguiente aparece mi nueva compañera de trabajo a quien aprendería a amar y odiar al mismo tiempo, Rosie. Una brasilera bajita y regordeta que no para de hablar y de cantar todo el día, y de reírse cual hiena del rey León. Algunas veces amo su buen humor y su despreocupación, pero otras odio su irresponsabilidad, su desastrosa forma de lavar platos y de que sigan asquerosos, y su vagancia crónica. 
Pero para compensar, esa semana también empieza a trabajar Denise, una chilena que entra como mesera y alegra siempre mis mañanas con una sonrisa, un café, una charla, o simplemente con su presencia.
 Con Denise en la fiesta de Navidad del hotel.
Café por la mañana <3

Holly: mi nuevo Dios.

El camino hacia Rydges

De pronto Holly se transforma en el amo y señor de mis días. Amanezco cada mañana bien temprano y si no me manda un mensaje a las 7 de la mañana ya le estoy escribiendo para saber si tiene trabajo ese día. Afortunadamente, la mayoría de las veces si tiene, y siempre me manda a un lugar distinto y así es como empiezo a conocer Christchurch de punta a punta.

Trabajo en el Canterburry club como mesera, donde accidentalmente -y no por culpa mía- termino tirando una copa entera de vino tinto encima de una señora, y otra más encima mío, ¡alto desastre! Por suerte la señora solo se ríe porque fue su culpa y no la mía, e incluso me pide disculpas. Yo paso el resto de la velada evitando su mesa y tratando de estar lo más lejos posible.

Al día siguiente trabajo en una cocina como ayudante de cheff, preparando tablas de picadas, cocinando unos rolls con panceta y ayudando con la limpieza general del lugar. El mismo día a noche me mandan de mesera a un restaurant nuevo super lindo, donde incluso tengo que tomar pedidos y procesarlos por computadora. Me doy cuenta que realmente soy mucho mejor de lo que esperaba, y me enorgullezco de mi misma. Cuando termino mi turno los jefes del lugar charlan conmigo por un rato y me dicen que les encantaría poder contratarme, pero que al ir por agencia es imposible. De todas formas el dueño es amigo de Holly y me dice que va a hablar con ella para ver si me puede conseguir un trabajo más fijo. Yo, feliz de la vida.

El fin de semana me mandan a un resort en las afueras de la ciudad -en medio de la montaña-, super lujoso. Una vez más trabajo como mesera, esta vez el trabajo es sencillo y hay otras 4 o 5 Argentinas trabajando conmigo así que el tiempo se pasa rápido.



Y de pronto un sinfín de emociones... Me ofrecen -desde la agencia- trabajo permanente en un hotel, me ilusiono, soy feliz, se cancela todo a última hora, me deprimo, lloro, me enojo, puteo, sobrevivo. Durante la semana trabajo en un hogar de ancianos, en la cocina nuevamente, en el Casino lavando platos, en otra cocina lavando platos -donde me dan el mejor almuerzo que haya probado hasta el momento y me invitan a comer sentada en el restaurant cual cliente-, en un recital donde sirvo bebidas en el kisoko, de cajera en el 'kiosko' en un partido de rubgy, y en el asilo nuevamente, pero esta vez lavando ropa y sábanas.
 Lavando platos en el asilo de ancianos

 Arriba: foodstuff. Abajo: Comida en Spectators

 "Clean time"
 Lavando la ropa en el asilo :)

 Cuartos de los viejitos ^-^


Para sumar un poquito de felicidad... ¡con Fede nos compramos unas bicis!


Y a la semana siguiente entro a trabajar medio fijo en un hotel trabajando para housekeeping donde estoy por dos semanas. El trabajo es muy duro, trabajo con Ana quien me entrena en el arte de hacer camas super tirantes, y limpiar espejos y mamparas de ducha para que queden impecables, a pulir las canillas para que no tengan ni una marquita de agua, a poner todo en su perfecto lugar.

Cuando va terminando la semana mi espalda no quiere saber más nada con tender camas, y gracias a Dios llega LA noticia... El trabajo que fue pero no pudo ser, vuelve a ser una vez más. Me re-ofrecen el trabajo en el hotel, y de pronto empiezo a trabajar en el restaurant Bloody Mary's del Rydges Hotel como lavaplatos y ayudante de cocina. ¡Empieza una nueva etapa!


jueves, 22 de enero de 2015

Odisea Christchurch: Retomando el camino

Después de renunciar a la empresa de ventas, quedé de nuevo suspendida en la nada. Sin plata, sin trabajo, pero llena de expectativas y de buenas vibras.
Durante una semana apliqué a todas las agencias, mandé mensajes a todo el mundo, apliqué por internet a cuanto trabajo pude, y finalmente, una mañana obtuve lo que tanto estaba esperando...
El jueves 23 de agosto bien temprano le mando mensaje al famoso 'Walter' y me consigue trabajo en una fábrica y así es como empiezo a trabajar en Baker Boys (como imaginarán por el nombre, una panadería).


Las cosas parecen ir bien, me piden que vaya al día siguiente y el lunes también, ¡parece que al fin tengo un poco de trabajo! El trabajo de fábrica me encanta, y me toca estar en el sector de 'pastry' (masa) donde se preparan lo pies (tartas) y algunas otras cosas, trabajo no tan sencillo pero tampoco complicado, y en los recreos siempre hay torta gratis y sanguchitos, así que no me puedo quejar.
Pero cuando creo que las cosas están remontando... todo se viene abajo.
El lunes llego a trabajar y al ratito me empiezo a sentir mal, me baja la presión y casi me desmayo. Mi jefe me lleva afuera, me da algo de comer y vuelvo, pero a la media hora me doy cuenta que no puedo más, y llamo a los chicos a casa para que traigan a Fede con el auto y me lleve de vuelta a casa, porque así como estoy no puedo ni manejar. Paso el día tirada en la cama con un dolor de garganta que apenas si me deja respirar, me siento medio afiebrada, con frío, con calor, nada me viene bien.
Fede llama al seguro y me dan turno en el médico, donde paso una hora esperando a ser atendida creyendo que me voy a morir en cualquier momento. Cuando al fin me atiende una enfermera para tomarme los síntomas no necesito ni hablar para que se de cuenta lo mal que estoy, me toma la temperatura (38,5ºC) y me da un jarabe para bajarme la fiebre inmediatamente. 5 minutos más tarde me está atendiendo el médico y ni bien digo 'hi' con la poca voz que tengo me dice "Oh, you've got a really bad sorethroat". ¡No me digas! Me recetan un millón de medicamentos, una semana de reposo, y me dice que si no tomo líquido y me hidrato voy a terminar en el hospital... así que a casa y a pasar otra semana sin trabajar.

Paso la semana no solo sintiéndome mal sino desesperando por dentro, bajoneada y sin poder hacer nada al respecto. Para empeorar las cosas, Walter me manda un mensaje diciendo que soy un peligro para mi misma y para los demás y que no tengo más trabajo en la panadería. Dios, ¡basta por favor!

Pero después de la tormenta siempre sale el sol, y de pronto se viene el cambio... abro la cabeza y empiezo a estar más positiva, trabajo media semana con Walter -quien de la nada me manda un mensaje para que trabaje nuevamente-, y a la semana siguiente ya consigo que me de trabajo de lunes a viernes en la panadería, se van acomodando las fichas. Me encanta el trabajo en Baker Boys, paso al sector de 'finishing line' donde se empaquetan tortas y dulces y después a 'biscuits' donde empaquetamos galletitas. Descubro que soy una excelente empaquetadora de galletitas y me felicitan por mi desempeño en todas las áreas de biscuits lo cuál me pone muy contenta. Mi jefa es una viejita simpática y siempre me felicita por lo rápido que trabajo, para mí es como un juego, super divertido.


Por otro lado empezamos a buscar casa para mudarnos y encontramos un cuarto en una casita chiquita cerca de donde vivimos, donde vive un irlandés con su novia que es tailandesa -que tiene un gato- y supuestamente un chino. El cuarto es amplio, con dos colchones en el piso, un sillón y un placard. Super simple pero a muy buen precio y es todo lo que necesitamos. Decidimos mudarnos la semana siguiente.



Para cerrar con broche de oro, el sábado consigo trabajo por Holly -quien maneja una agencia de empleos- para ayudar en la cocina en un bar en los jardines botánicos. Trabajo ocho horas y cuando salgo me manda un mensaje para trabajar en un colegio que queda justo al lado, ayudando a preparar platos para una cena. Paso de no trabajar a trabajar dos veces en un día. No lo puedo creer.

El domingo me llama de nuevo y me da trabajo en un bar en la montaña, por lo que puedo disfrutar de subir gratis en la góndola y trabajo de mesara, descubriendo que soy mucho mejor de lo que esperaba.
Empieza una nueva etapa. Feliz.
 



lunes, 17 de noviembre de 2014

Miedos y sueños. Sueños y miedos.

La mayoría de los chicos les tiene miedo a cosas como el cuco, el hombre de la bolsa, la oscuridad o las arañas. Quizá a los monstruos que viven debajo de la cama, a que su mamá los rete o a algún otro bicho o cosa rara. Yo siempre supe que era distinta: yo de chica le tenía miedo a la vida.


Desde que tengo uso de razón que hay un miedo que me carcome por dentro, que me tuvo horas y horas sin dormir, horas y horas pensando sin llegar nunca a una conclusión: el miedo a no saber qué hacer con mi vida. Supongo que es un miedo que todos experimentamos en algún punto de nuestra existencia, pero en mi caso, me vino persiguiendo desde muy chica. Si la vida no tiene un sentido, si no hay un punto hacia el cual nos dirigimos, ¿entonces para qué vivimos? Plantearte esto con solo 12 años de edad, es un asunto heavy.

El tiempo fue pasando y de a poco me acostumbré a vivir con esa pregunta rondando mi cabeza, pero siempre estaba ahí en el fondo de mi cabeza sin dejarme dormir del todo bien. El gran tema eran los sueños: Siempre creí que vivimos gracias a nuestros sueños, ellos son los que nos mantienen vivos, los que nos marcan un rumbo, un destino, un objetivo. La vida es una sucesión de sueños, grandes y pequeños. Siempre habrá un GRAN sueño: Unir Usuahía-Alaska por tierra, recorrer el mundo, ganarse la lotería, casarse, tener un hijo, recibirse, abrir un bar, tener una página de internet exitosa, ser famoso, filmar una película, trascender. El gran sueño puede ser cualquier cosa, y viene a ser ese ‘fin último’ de nuestra vida, a lo que avocamos todo. Y después están los pequeños sueños, que son aquellos que de a poco nos van llevando hacia el sueño mayor, o no. Son los que alegran nuestros días cuando al fin alcanzamos esa pequeña meta. Pueden ser un escalón en nuestro camino, o simplemente esos pequeños sueños del día a día que poco a poco vamos concretando: salir de viaje por América, comprometerse, empezar una nueva carrera, conocer un determinado lugar, filmar un corto, bucear con delfines, ir al concierto de nuestra banda favorita, comenzar nuestro propio micro-emprendimiento.



Cuando era chica no tenía ninguno de esos. Era una chica sin sueños. Me preocupaba no ser normal, no tener aspiraciones. ‘¿Qué queres ser cuando seas grande?’ siempre te preguntan, y yo de gordita que era respondía ‘quiero tener una fábrica de galletitas, para poder comer muchas galletitas’. De sueños, cero.
De a poco con los años la frustración fue creciendo, y empecé a salir a buscar esos sueños, a pensarlos un rato. ¿Qué quiero hacer con mi vida?  Y ahí fue cuando conocí una palabra: Wanderlust. Quiero viajar, quiero conocer el mundo, quiero ver más, quiero ver todo lo que pueda. Quiero tener alas para poder verlo todo.
Ese primer sueño de a poco dio paso a un gran salto, a una gran aventura. A animarme. Un día me miré al espejo y me dije a mí misma ‘si al fin tengo algo que realmente quiero, algo que me mueve hacia adelante, ¿por qué no perseguirlo? Y allí me fui, arriba de un avión hacia el otro lado del mundo, persiguiendo sueños, persiguiendo ideas.

Hoy creo que soy una persona diferente, dejé de ser la niña sin sueños, y pasé a ser una niña con alas. Poco a poco fui encontrando nuevas cosas que me motivaban, que me mantenían con ganas de ir para adelante, con un rumbo marcado, pero no fijo. Un rumbo que se va adecuando a las piedras y oportunidades que se cruzan en el camino. Hoy tengo sueños, grandes y pequeños. De hecho, hoy tengo tantos sueños que sigo sin saber que es lo que quiero de mi vida, porque hay demasiadas opciones allá afuera, pero ya no tengo miedo. Dejé de temerle a esta vida, aprendí a amarla, respetarla y a llenarme de ella. Aprendí a escuchar a la naturaleza (las ramas que crujen bajo nuestros pies, los pájaros cantando, el río corriendo), aprendí a sentir el mundo de una forma distinta (el viento que nos golpea en la cara, el musgo en las plantas de los pies al caminar en el bosque, esa energía que mana de la naturaleza), aprendí a apreciar las cosas más pequeñas.

Hoy sueño en pequeño: Sueño con volver a casa, sueño con llenarme de abrazos, de besos y caricias. Sueño con él, esa persona que desconozco pero se que en algún rincón del mundo me espera. Sueño con viajar, con conocer mi país de punta a punta. Sueño con terminar mi carrera, con convertirme en bióloga. Sueño con investigar. Sueño con hacer un curso de buceo y conocer el mundo desde otro punto de vista. Sueño con micro-emprendimientos, sueño con cursos y talleres, sueño con seguir estudiando un millón de cosas de esas que quiero aprender. 
Y sueño en grande: Sueño con recorrer el mundo entero, sueño con unir Alaska con mi casa, sueño con recorrer Europa de punta a punta, sueño con explorar la Antártida. Sueño con hacer un viaje largo en barco aunque me mareen. Sueño con vivir en medio de la selva por un tiempo. Sueño con tener mi casa frente a un río en medio de la montaña. Sueño con criar a mis hijos en un mundo mejor.


Sueño, en grande y en pequeño, pero siempre sueño. Tengo las alas desplegadas y dejo que el viento las despeine un poco. Las ráfagas nos llevan de un lado a otro y nos ayudan con esas decisiones que nosotros mismos no podemos tomar. A veces, cuando no estamos seguros de que hacer, es más fácil dejarnos llevar un poco, dejar que la vida y el destino elijan por nosotros. Es cuestión de animarse a desplegar las alas. 
Me gusta pensar que todo pasa por algo, y que el camino siempre nos está llevando hacia donde tenemos que estar. Lo importante es no colgarnos de las nubes y vivir siempre en el presente, disfrutando al máximo de todo lo que nos rodea y de todo lo que tenemos. No olvidarnos de ver los detalles, que a veces, son lo más hermoso.  No olvidarnos de sonreír, porque con una sonrisa, abrimos las puertas del mundo. No olvidarnos de soñar, de perseguir los sueños... porque esos sueños, pueden volverse nuestra realidad.


domingo, 9 de noviembre de 2014

Christchurch: La revancha perdida

Dejé esta historia perdida allá atrás en el tiempo... en un punto donde estaba planteándome si volver a casa o quedarme acá a la buena de Dios... como todo el que me conoce sabe, si, me quedé. Casi sin un mango, todavía sin laburo, perdiendo el boleto de vuelta y única oportunidad de volver a casa. Pero estaba decidida, vine acá para algo, y no me voy hasta lograrlo.

Así que junté ganas, fuerzas, ánimos, de todo... y empecé una nueva etapa. Empecé a trabajar en Insight Marketing como un agente de ventas independiente. ¿Qué quiere decir esto? Que solo ganas plata si sos bueno, que cobrás acorde a lo que vendes, que no hay un sueldo fijo... pero fue el trabajo que conseguí, después de 3 etapas de entrevistas estaba adentro, y a jugar se ha dicho!


Hoy en día mirando en retrospectiva creo que fueron días grises, pero toda experiencia nos fortalece y nos hace crecer.
Trabajé durante 6 semanas para la fundación Make a Wish, que se encarga de cumplir sueños a chicos con enfermedades de tratamiento de por vida. Están por todo el mundo, pero lo que nosotros recaudábamos iba destinado a chicos en Nueva Zelanda exclusivamente.


Un día de trabajo con Make a Wish

Me levantaba temprano a la mañana, y a las 8 arrancaba el día en la oficina, donde practicábamos los discursos con nuestros compañeros y nos asignaban un lugar donde trabajar (supermercados, shoppings, warehouse, etc) y un compañero. A las 10 más o menos estábamos instalados en el lugar con nuestro puestito y empezaba la odisea para parar a toda persona que pasara caminando y tratar de convencerlos de comprar un llaverito o un pin para ayudar a los chicos. Terminado el día volvíamos a la oficina a cerrar números, contar plata y demás, por lo que terminaba trabajando casi unas 10 horas al día.

La verdad es que podría hablar mucho al respecto, los pro y los contras, lo que me gustó de esta asociación y los negocios turbios que me pareció ver por detrás, pero creo que no hace al viaje. Prefiero quedarme con el buen recuerdo, con los buenos compañeros de laburo y los no tanto. Con todo lo que aprendí, que en definitiva fueron las herramientas que me abrieron las puertas cuando decidí renunciar para poder conseguir trabajo nuevamente, para ser más desinhibida, para salir a patear por el mundo sin importar el rechazo, sin importar lo que me dijeran, salir a golpear puertas hasta que alguien me diera trabajo.

Fueron 6 semanas muy largas de laburo, donde sufrí más de lo que disfruté, pero estoy convencida de que fue una experiencia de la que me llevo mucho. Hablar 8 horas por día con clientes en inglés me ayudó muchísimo también a mejorar con el idioma y tener más confianza en el mismo.
Pero no, creo que no recomiendo a nadie tomar un trabajo de este estilo cuando hay un abanico de posibilidades ahí afuera esperándonos. Fueron 6 semanas donde la plata no alcanzaba para vivir, donde mi hermano me pagaba el alquiler cada semana y yo trataba a la siguiente de pagar como podía mis deudas, donde cada día alguien me decía que renunciara, pero yo creía que podía hacerlo mejor, y lo hice. Pero en cuanto empecé a mejorar, empecé también a perder la fe en lo que hacía.


Llegó el día en que me convencí de que todo lo que nos decían era una mentira, que era mejor para los chicos que la gente haga una donación online a que nos compraran a nosotros un producto que terminaba siendo plata de comisiones para toda la cadena de gente involucrada en la agencia. Entonces un día les dije que no volvía más. Y me quedé desempleada. Otra vez.

miércoles, 15 de octubre de 2014

Paréntesis. Viajar para estar vivos.



Viviendo en una montaña rusa. Así me siento. Con la certeza de que se lo que quiero escondida allá muy profundo donde ni yo misma puedo llegar a verla. Hoy leí que la clave de la vida es juntar todas nuestras pasiones, esas cosas que realmente nos mueven, en idear una forma de mezclar todo eso y poder convertirlo en nuestro modo de vida. Interesante, no? Y yo con ese apetito insaciable, esas ganas de seguir adelante, paso a paso. Porque conozco esas pasiones pero me falta un algo para terminar de ponerlas todas juntas. Y por otro lado, ese miedo del "no puedo" que siempre esta presente en nosotros cuando nos enfrentamos a un desafío. Junto con esas ataduras que hacen que tantas cosas sean distintas, y quizá no exactamente lo que queremos que sean. La incertidumbre de no saber donde vamos a estar mañana, esa que se muestra en forma de un cosquilleo raro en la punta de los dedos de los pies. Emociones nuevas. Un montón de emociones nuevas, de cosas chiquitas, bien chiquitas, que nos cambian la vida. Un antes y un después. Creo que esos están de moda, porque vienen cada vez más seguido. Cada día me encuentro con esas cosas, esas frases, esos lo que sea que me cambian la vida.
El cansancio de la nueva rutina, del tener que adecuarse, del seguir adelante todo el tiempo. El no saber que día es, que hora es, en que mes estamos. Siempre fui una adicta al reloj, y cuando llegué acá y al poco tiempo el reloj se me quedó sin pila casi que lo vi como una señal. Vivir sin tiempos que apremien, vivir más libres. Ahora que siento que tengo una fecha límite me siento apretada, oprimida. Desde que me puse a pensar en eso que tengo una sensación rara que no me abandona, que incluso me acompaña en sueños.

Viajar y estar de vacaciones no es lo mismo. Viajar es vivir, es aprender, es crecer, es ser. Viajar no es vivir de placer en placer, es romperse el lomo para seguir en movimiento, para seguir persiguiendo sueños, porque llegar acá fue cumplir el sueño... pero fue solo el primer paso. El sueño se vive y se cumple día a día. Se vive. Si, se vive. Desde que estoy acá que tengo una certeza hermosa que ilumina cualquier tipo de momento que me toque vivir, "estoy viviendo el sueño". Y quizá sea eso lo que haga que el mundo ahora me conozca de una forma distinta, porque en cada lugar al que voy, cada lugar en el que trabajo, siempre, pero siempre, me encuentro con el mismo comentario... el comentario sobre mi sonrisa. Tanto así que una vez escuché a una señora en un hotel donde laburaba referirse a mi como "the girl with the chunky smile". (Y eso que el laburo me parecía una mierda y para mi siempre estaba de mal humor, ja!) Y si, ¿cómo no vivir con la sonrisa pintada cuando se sabe lo duro que se trabajó para llegar acá? ¿Lo duro que es a veces vivir el día a día para seguir en movimiento?. ¿Cómo no tener la sonrisa pintada si estamos viviendo aquello que un momento pareció un imposible?
Estar lejos no es fácil. Nadie dijo que lo sea. Pero todas las riquezas del día a día, las experiencias ganadas, y cada lugar visitado hacen que valga la pena. No, no hace que sea más fácil, pero si le da al menos un cierto sentido. Las ganas de volver siempre están, pero tengo esa certeza de que cuando vuelva, voy a querer estar en movimiento una vez más. Pero... ya veremos.-


Y hoy se me vienen a la cabeza todas esas personas a las cuales en su momento, allá hace mucho tiempo les dije "estoy planeando irme a Nueva Zelanda". Todas esas personas que se rieron, que me creyeron loca, que me sonrieron con esa sonrisita de "pobre chica, mirá lo que pretende", de todos los que me dijeron "y a que te vas? a juntar kiwis?" "¿y con que plata pensas irte?" "¿y de que pensas vivir?". Todas esas personas que lo creyeron imposible... y no siento bronca, ni me enoja, ni me entristece... bueno, quizá un poquito me entristece, me frustra ver que el mundo está tan lleno de gente que perdió las esperanzas, las ganas de soñar. La gente no se da cuenta la fuerza que tiene un sueño, lo que es posible con tan solo desearlo. Y no digo con eso que cuando las queremos las cosas nos caen del cielo. No, todo lo contrario. Hay que pelearla a morir, hay que sufrirla, remarla en dulce de leche y seguir peleándola. Pero los sueños nos dan esa fuerza que se necesita para seguir adelante. Y sino mírenme a mí, acá, escribiendo desde Nueva Zelanda... ¿imposible? Jamás.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Odisea Nueva Zelanda: Christchurch

Christchurch….creo que de solo decir eso se me pone la piel de gallina.
Pero también creo que al fin estoy lista para hablar de Christchurch. De la ciudad que me vio reír y me vio llorar, que me vio hacerme más fuerte, enfrentar miedos y me vio colapsar ante las presiones. Que me vio en mi peor forma, que me vio desesperar, que me vio sufrirla y encontrar de alguna forma las fuerzas para seguir peleándola. La ciudad donde se que el día que me vaya, voy a estar dejando un pedazo de mi corazón, de mi alma. La ciudad que probablemente el día de mañana, me de cuenta que me cambió la vida.

Me preparo una taza de té, algo para comer y me siento con la compu arriba de las piernas, en pijama, en nuestro nuevo hogar desde hace un par de días y pienso en como pasó el tiempo. ¿Cuándo llegamos a Christchurch? Era junio… probablemente mitad de mes o los últimos días y hoy… hoy estamos en primavera, terminando septiembre. El tiempo se nos va de las manos demasiado rápido. Y lo pienso, y creo que esto va a tener que ir en capítulos, porque no puedo meter 3 meses de la vida en un solo posteo, aunque podría… podría resumirme solo a ese párrafo de ahí arriba, pero no. Llegó el día en que me enfrento con Christchurch, esta ciudad que amo y odio, de la que quiero salir corriendo pero sigo acá, firme, aún no se bien por qué. Con la que trato de amigarme cada mañana, y termino odiando cada noche.

Viajamos desde la isla norte, viniendo felices en nuestro autito recorriendo paisajes hermosos y disfrutando de la buena vida. Llegamos acá con un presupuesto para vivir otro mes pero ya con ganas de volver a laburar y seguir juntando dólares para poder seguir en movimiento por el mundo. Seguir fluyendo por el mapa y llenándonos de experiencias de vida y de un millón de esas cosas maravillosas que nos pasan cuando salimos de nuestra preciosa “zona de comfort”.
Nos instalamos en nuestra nueva casa con nuestros nuevos compañeros de vida. Éramos Fede, Jess, yo y 3 chicos más, un porteño y dos cordobeses que habíamos conocido por el camino y con quienes habíamos llegado a llevarnos bien. La casa muy linda, muy cómoda, bastante bien ubicada. Felices.


Empieza la búsqueda de trabajo. Vamos como a 10 agencias de trabajo, solo en dos nos dejan aplicar y en el resto nos dicen que ya tienen demasiada gente, que no hay trabajo, etcétera, etcétera, etcétera. Pero somos positivos y estamos llenos de expectativas.
Con el tiempo vamos aprendiendo un poco sobre la ciudad, que fue golpeada por dos terremotos y después de años aún sigue en reconstrucción (lo que da mucho trabajo para los hombres que se convierten en fervientes obreros esclavos), que tiene las calles todas rotas y siempre cortadas por lo que nos vivimos perdiendo, y que, aparentemente, no se lleva muy bien con las mujeres.
En facebook no deja de comentarse que el laburo para las mujeres esta complicado, pero hay casos de gente que consigue buenos trabajos y consejos volando por todas partes.
Me armo el cv con todo el esmero del mundo, una carta de presentación y empiezo a aplicar a todos los trabajos que encuentro en internet. La primer semana se va sin nada, en la segunda una agencia nos da trabajo a Jess y a mi por un solo día, y ahí estamos. Tercera y cuarta semana y ya no se donde más aplicar. En un solo día llego a aplicar a un máximo de 15 o 20 trabajos, pegada a la computadora y empezando a desesperar. Recorremos bares tirando curriculums con la negra y ya no se que más hacer. Lo admito, desespero un poco. Pero estoy con la negra, nos bancamos entre las dos y todavía sobrevivimos… pero la plata se esta terminando.

Mientras tanto, disfrutamos de los placeres que nos podemos dar y recorremos los alrededores. Paseamos mucho por el shopping, compramos algo de ropa cuando todavía teníamos la cuenta llena y creíamos que podríamos sobrevivir (más tarde me arrepentiría de esta decisión, jaja) y conocemos a Isaiah, un chico kiwi que se ofrece a ser nuestro guía turístico.
Subimos a las hills que rodean la ciudad de día para apreciar la vista de la ciudad… y esa es la primera vez que me digo “Christchurch es hermoso”. La vista es impresionante, y estamos viviendo el sueño. Cada día es un sueño vuelto realidad y hay que vivirlo al máximo, así que soy feliz en lo simple, sigo aplicando a laburos, sigo buscando, pero soy feliz.






Por una de esas cosas de la vida, terminamos saltando una cerca ilegalmente para poder meternos en un muelle y apreciar de la vista y sacar un par de buenas fotos, jaja.



A la otra semana vamos a Castle Hills,nos perdemos en el camino y terminamos en el Cave Stream, donde aún estoy esperando regresar para poder cruzarlo. Cave Stream es un río que pasa todo por adentro de una caverna, que se puede cruzar de lado a lado y que suena como todo una experiencia que definitivamente voy a hacer antes de irme de acá!
Hace demasiado frío para siquiera pensar en hacerlo en el momento, pero disfrutamos de la vista un rato.

Y casi me olvido! En el viaje de ida pasamos por un pueblito llamado Springfield! Y como no podía faltar una referencia a Los Simpsons, aquí las fotos con la rosquilla gigante!


Se nos hace casi de noche cuando llegamos a Castle Hills, pero no lo suficiente para no disfrutarlo. La vista es imponente, el silencio es maravilloso. La soledad y el silencio a vaces pueden ser amigos inseparables que de alguna extraña forma nos abrazan y nos llenan de una extraña emoción que nos calienta todo el cuerpo.

Días más tarde volvemos a las hills de noche para apreciar las luces de la ciudad… esos cielos estrellados que realmente no son cielos. Los pequeños cielos humanos de colores. Por más que odie las ciudades un poco, no se puede negar que la vista le quita el aliento a cualquiera. Hace frío, el viento es helado, pero me quedo ahí mirando tanto como puedo, el lugar me tiene hipnotizada.


Se nos va un mes de la vida, la negra se vuelve a Argentina en una semana y todavía no hay laburo, la plata se esta terminando y estoy estancada. No tengo plata para irme, no tengo plata para quedarme. ¿Y si uso el boleto que tengo y me voy a casa? En una semana pierdo el pasaje de vuelta porque no tengo más plata para cambiarlo. Y si voy a casa, ¿qué tanto me voy a arrepentir? Y si me quedo, ¿cómo sobrevivo? ¿Y si no consigo laburo? ¿Y si me quedo sin un mango en un país del otro lado del mundo sin forma de volver a casa? Ya fue, yo me tomo el avión y me vuelvo. No, ni loca, me vine a vivir un sueño y de acá no me voy. Bueno, pero ya fue, no hay más nada que hacer, lo probé todo, me vuelvo… no, yo me quedo. ¿O no?